Al momento de entrar a su casa, Alberto Rojas sabía que le esperaba un difícil comienzo. Tenía que escribir un libro en poco tiempo, con ese lápiz a tinta que a veces resultaba su peor enemigo cuando se negaba a escribir y había que sacudirlo como cuando su madre lo reprochaba por no tener lo que ella llamaba un "futuro asegurado". Sin embargo, era su fiel compañero.
Creo que ya todos sabemos que Alberto era escritor, esa era su profesión, un tanto complicada hoy en día , pese a que para él era mucho más que esa palabra primitiva. Desde pequeño los libros habían sido sus consejeros y las palabras, su mejores amigas. Muchos decían que era tímido o que sufría alguna enfermedad, pero nuevamente para él, no era solo eso.
Un día como muchos otros, caminó hasta la pequeña plaza de la capital para sentarse a observar paso a paso los espasmos y gestos que las personas hacían y de vez en cuando a escuchar esos pequeños gruñidos inconscientes que salían de sus bocas como queriendo decir: "¿Por qué a mi?". Fue un goce dejar el lugar para comenzar a pensar cuál sería el tema con el cual mancharía ese papel blanco con tinta negra. Pero esa dicha terminó en el instante en que entró a su casa. Dejó su chaqueta junto con su sombrero en el colgador, subió directo a su pieza a sacar su cuaderno y se sentó con el lápiz en la mano que le temblaba, viendo la blancura del papel sin ni siquiera pestañear. No era primera vez que le pasaba. Hubo una ocasión en la que se quedó inmóvil por media hora porque su cabezo empezó a atacarlo con pensamiento lúgubres sobre la tinta generando un temor tan grande que su cuerpo fue el único que pudo expresarlo, convirtiendo cada minuto en una pugna entre su consciente e inconsciente. Ahora se encontraba allí, sentado, con la luz de la lámpara casi quemando su cara y evaporando cada gota de sudor que brotaba en su frente. Se limpió y siguió. El tintero estaba a su mano izquierda y con un movimiento mecánico llevó su mano derecha a sumergir la punta del lápiz en el líquido negro y espeso. Al estar frente a frente con el papel, su mano se acercó lentamente , pero antes de comenzar a escribir la primera palabra, una gota cayó y empezó a expandirse de a poco. " Otra vez" pensó. Pudo simplemente haber botado el papel, pero no lo hizo. O también pudo haberlo quemado como lo había hecho algunos días antes, pero no quiso. No, absorto en la imagen que tenía frente sus ojos, quiso ver hasta donde podía recorrer la tinta el papel, en ese encuentro que él se encontraba afortunado de presenciar. Después de que transcurrieron algunos segundos o quién sabe, a lo mejor, minutos o incluso horas, la mesa se tornó negra junto con el suelo que estaba debajo de ella como si el tintero se hubiese dado vuelta, pero no. Sus uñas, dedos, manos y brazos estaban completamente negros. Trataba de quitarse el color con desesperación, pero en vez de irse , se quedaba y se hacía parte de su piel a medida que la histeria y el tiempo pasaba. En el instante en que se acercaba a sus ojos, se paró rápidamente directo al baño, pero ni el agua pudo borrar la epidemia que estaba transformando su cara y que vio horrorizado en el espejo. Volvió a su pieza con el cuerpo totalmente transformado en una sombra. Tenía miedo. Estaba solo. Acudió a lo único que se hace en ese estado: a Dios. Pese a eso, sus palabras no cambiaron nada, al contrario, su vista se tornó borrosa y antes que la ceguera fuese su nueva condición vio en la mesa una palabra que iba apareciendo lentamente como si alguien la estuviese escribiendo para atormentar su angustia. Al terminar la última letra, en una espera que fue de gritos y llantos que retumbaban en la pared y llegaban directo a sus oídos sordos, leyó la palabra "CORRE". Sin pensarlo dos veces, corrió hasta la ventana. No tenía miedo. Sentía una brisa, cálida y pacífica sobre su cara que le daba vida. Un cosquilleo que recorría todo su cuerpo y que hacía aparecer en su cara una leve sonrisa.
El vecindario estaba en silencio. Nadie escuchó nada. Los perros se encontraban durmiendo y las personas creyendo que vivían. Al parecer, él también era de papel.
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